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jueves 10 de abril de 2008

Rusalka

Un genial poema de Alexander Pushkin

Rusalka

Cerca del lago en bosque perdido,
recluido un monje permanecía,
por dura tarea siempre ocupado,
en meditación y diaria vigilia.
Con una pala ya resignado,
su tumba el anciano se preparaba
y sobre la muerte su pensamiento
a sus santos le imploraba.

Fue un verano en el umbral
de su caída vivienda cuando
el asceta oraba con piedad.
El bosque se puso lóbrego, horrendo;
sobre el lago hubo neblina,
entre las nubes rojas la luna
cual una aparición en el cielo
mira a las aguas como a un espejo.

Mira lleno de terror
y le cuesta comprender...
Pues dan las aguas un hervor
y vuelve todo súbito a cesar
y he aquí que ligera, sombra nocturna,
blanca como la nieve temprana,
una mujer aparece desnuda
y sentada en silencio lo mira lejana.

Mira al viejo anacoreta
sus cabellos húmedos los peina.
Al santo anciano un pavor inquieta,
se pasma con la belleza de ella,
ya lo atrae con sus manos,
ya le exhibe sus encantos...
Y en segundos estrella fugaz,
en las hondas se hunde sin hablar

El monje en vela pasó la noche
y sin oración todo el día;
sin quererlo tuvo delante de él
la imagen de una rusalka que lo seguía.
Se llenó el bosque de oscuridad;
entre nubes se ocultó la luna,
y otra vez en las aguas la beldad,
encantadora entre la espuma.

Pálida, bella la cabeza inclina,
provocadora envía sus besos,
sobre las aguas juega y lo mira,
llora o se ríe como una niña,
al monje llama: "ven junto a mí,
monje mío", tierna exclama...
Y de pronto se va bajo las aguas,
en silencio y sin alarma.

Al tercer día el ermitaño apasionado,
junto a la orilla llena de hechizos,
a la muchacha espera sentado
y hay una sombra sobre los bosques...
Empujó el alba a las tinieblas:
en ninguna parte hallaron al monje,
y sólo vieron sus grises barbas,
fue lo único que quedó de él.