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lunes 30 de mayo de 2011

Pär Lagerkvist - Barrabás

Barrabás

Todo el mundo sabe que fue crucificado al mismo tiempo que otros dos; se sabe quiénes eran las personas que se agrupaban alrededor de Él: María, Su madre, y María Magdalena, Verónica y Simón el Cirineo, que había llevado la cruz, y José de Arimatea, que debía sepultarlo. Pero un poco más abajo, en el declive del monte y apartado de los demás, un hombre observó fijamente a Aquel que se hallaba clavado en la cruz y siguió la agonía del principio al fin. Se llamaba Barrabás. De él se trata en este libro.

Era un mocetón de unos treinta años, robusto, de pálida tez, barba rojiza y cabellos negros. Las cejas eran también negras; los ojos se hundían en las órbitas, como si la mirada hubiese querido esconderse. Bajo uno de los ojos corría una profunda cicatriz, que desaparecía en la barba. Pero el aspecto físico de un ser humano no significa gran cosa.

Había seguido por las calles a la muchedumbre desde el pretorio, pero a cierta distancia detrás de los demás. Cuando el Rabino, agotado, se desplomó bajo la cruz, se detuvo un instante para no llegar hasta el sitio donde yacía la cruz. Casi no había hombres en el cortejo, fuera de los soldados romanos, por cierto; eran sobre todo mujeres quienes seguían al condenado a muerte, y una bandada de chicuelos, que siempre acudía cuando por su calle pasaba alguno para ser crucificado; consideraban una diversión ese espectáculo. Pero, habiéndose aburrido bien pronto, volvieron a sus juegos después de haber echado una mirada al hombre que caminaba detrás de los demás, y cuya mejilla tenía una gran cicatriz.

Parado ya en el lugar del suplicio, observaba a Aquel que estaba clavado en la cruz del medio sin poder retirar la mirada. En realidad, no había tenido intención de subir hasta allí, pues todo en el sitio era sucio, lleno de inmundicias; y cuando alguien se aventuraba a entrar en el lugar maldito dejaba algo de sí. No obstante, una potencia maléfica forzaba a volver de tiempo en tiempo, hasta que un buen día ya no se lograba salir. Cráneos y osamentas yacían esparcidos por todos lados; y cruces caídas, medio podridas, que ya no podían ser utilizadas, pero que no se retiraban porque nadie quería tocar las cosas que estaban allí.

¿Por qué, pues, se quedaba? No conocía a aquel hombre y no tenía nada que ver con él ¿Qué hacía en el Gólgota, él, que había sido liberado?
El crucificado respiraba con dificultad y su cabeza colgaba hacia adelante. Poca vida debía de quedarle. No era un mocetón. El cuerpo era magro y endeble, y los brazos finos, como si nunca hubieran sido usados. Era un hombre extraño, de barba escasa y pecho sin vello, como el de un adolescente. Todo eso disgustó al espectador....
...

Esa mujer debía de ser su madre, aunque en nada se le parecía. Pero ¿quién hubiera podido asemejársele? Tenía el aspecto de una campesina ruda y tosca. De vez en cuando, se pasaba el dorso de la mano sobre la boca y la nariz, que le goteaba, porque estaba a punto de llorar. Sin embargo, no lloraba. Su pesar era diferente del de los otros, como era diferente la forma en que lo miraba. Sí, era su madre. Experimentaba, sin duda, una compasión más profunda que la de cualquier otro; pero parecía reprocharle haberse prestado para hacerse crucificar. Lo había querido, sin duda, Él, tan puro e inocente, y no podía aprobar su conducta. Siendo su madre, estaba segura de que era inocente. Nunca lo hubiera considerado culpable. Sea cual fuere lo que hubiese hecho, lo habría considerado siempre inocente.

El espectador no tenía madre. Padre tampoco; en verdad, ni lo había oído nombrar. No recordaba tampoco a pariente alguno. Si lo hubieran crucificado no habría habido tantas lamentaciones como las que acompañaban a aquel hombre. Las gentes se golpeaban el pecho y se comportaban como si nunca hubieran tenido que hacer frente a una desgracia semejante. Las lágrimas y los suspiros no cesaban. Era espantoso ...
....


Imposible ver a un condenado más digno de lástima. Los otros dos eran enteramente diferentes y no parecían sufrir de la misma manera. Era evidente que tenían una mucho mayor reserva de fuerzas. El no podía ni siquiera enderezar la cabeza, que colgaba hacia adelante.
Pero he ahí que la enderezó un poco; elevó un poco el pecho magro y sin vello; jadeante, pasó la lengua sobre los labios secos. Gimió algo como significando que tenía sed. Los soldados estaban un poco más abajo, jugando a los dados para entretenerse mientras los condenados se decidían a morir, y no lo oyeron. Pero uno de sus allegados descendió hacia donde estaban y les dijo: «Tiene sed». Refunfuñando, un soldado se levantó, empapó una esponja en un recipiente de barro cocido y se la alcanzó en la punta de una pértiga. No bien sintió el gusto de lo que se le ofrecía, no quiso más. El bruto del soldado encontró esto muy cómico, y, cuando se reunió con sus compañeros, todos bromearon con él. ¡Demonios! ...
...


Los parientes, o los que parecían tales, miraron desesperados al infeliz crucificado. Respiraba cada vez con mayor dificultad y era evidente que muy pronto moriría. Y más valía, por cierto, que acabara pronto, a fin de que cesase de sufrir. Tal era también el pensamiento del que miraba: ¡si eso acabara de una vez! Se apresuraría en seguida a huir y no volvería a acordarse jamás... Pero de repente la colina entera se ensombreció, como si el sol hubiera perdido su brillo, y en la oscuridad el crucificado clamó con voz potente: «Dios, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Las palabras resonaron en forma lúgubre. ¿Qué significaban? ¿Y por qué semejante oscuridad? Era pleno día. Era incomprensible...


....

El procurador, dirigiéndose entonces a Sahak y a Barrabás, les preguntó sobre su país de origen; les preguntó luego por qué se los había castigado, cómo habían salido de las minas y quién los había ayudado. Les hablaba con benevolencia. Por fin se levantó y dio algunos pasos; sorprendía su corpulencia. Se aproximó a Sahak, tomó la placa en la diestra, miró el sello y preguntó al esclavo si sabía lo que significaba. Sahak contestó que era la marca de propiedad del Estado romano. El procurador aprobó con la cabeza: eso significaba, según hizo notar, que Sahak pertenecía al Estado romano. Luego, con visible interés, pero sin manifestar ni la menor sorpresa, examinó en el reverso de la placa la inscripción secreta. «Christos Jesús», leyó. Sahak y Barrabás se sorprendieron de que pudiera leer los signos, descifrar así el sagrado nombre de Dios.

—¿Quién es? —preguntó.
—Es mi Dios —repuso Sahak con voz algo trémula.
—¡Ah! ¡Ah! No me acuerdo de haber oído ese nombre antes. Pero hay tantos dioses que uno se confunde. ¿Es el Dios de tu tierra natal?
—No —contestó Sahak—. Es el Dios de todos los hombres.
—¿De todos los hombres? ¿Qué dices? No está mal. Y yo ni siquiera he oído hablar de él. Puede afirmarse, en verdad, que esconde muy bien su fama.
—Sí —dijo Sahak.
—El Dios de todos los hombres. Debe de tener entonces cierto poder. Pero ¿en qué lo basa?
—En el amor.
—¿El amor?... A fe mía, ¿por qué no? Yo no me intereso por esas cosas; puedes creer lo que quieras. Pero dime: ¿por qué llevas su nombre en la placa de esclavo?
—Porque le pertenezco —repuso Sahak, de nuevo algo trémulo.
—¿Eh? ¿Le perteneces? ¿Cómo es posible? ¿No perteneces al Estado, como lo prueba este sello? ¿No eres un esclavo del Estado?
Sahak no contestó. Bajaba la vista.
El romano dijo por fin, sin animosidad:
—Tienes que responder. Es preciso que aclaremos la cosa, ¿comprendes? ¿Perteneces al Estado?
—Pertenezco al Señor, mi Dios —articuló Sahak sin alzar la vista.

El procurador lo observó. Luego le hizo levantar la cabeza y miró fijamente aquel semblante consumido, que había estado cerca de las hogueras. Nada dijo y al cabo de unos momentos, cuando vio lo que deseaba ver, soltó la barbilla del esclavo.

Luego se puso delante de Barrabás y, dando vuelta del mismo modo la placa de este último, preguntó:

—¿Y tú? ¿Crees tú también en ese Dios de amor?
Barrabás no contestó.
—Habla. ¿Crees en El?
Barrabás meneó negativamente la cabeza.
—¿No? Entonces ¿por qué llevas su nombre en la placa?
Barrabás seguía mudo.
—¿No es tu Dios? ¿Acaso no significa eso la inscripción?
—Yo no tengo Dios —contestó por fin Barrabás, en voz tan baja que apenas se le podía oír. Pero Sahak y el romano lo oyeron, y Sahak le dirigió una mirada tan desesperada, tan llena de dolorosa estupefacción por aquellas palabras increíbles, que Barrabás, a pesar de no haber afrontado semejante mirada, se sintió traspasado hasta lo más hondo del ser.
También el romano pareció sorprendido.
—No comprendo dijo—. ¿Por qué llevas entonces ese «Christos Jesús» grabado en la placa?
—Porque yo quisiera creer —contestó Barrabás, sin alzar la mirada hacia ninguno de los dos...